Una vida consagrada a la literatura

Personajes: Adriano Torres
El reconocido escritor revela secretos de su obra y analiza cómo debe ser la relación entre los intelectuales y el poder
-¿Cómo es un día en su vida?
-Me levanto a las seis y escribo hasta las diez. Luego salgo a caminar y a tomar aire. Por la tarde me dedicó a leer, a corregir cosas puntuales, alguna carta. De lunes a lunes sigo esta rutina. La vida del escritor no tiene feriados.
-Tengo entendido que no utiliza computadora.
-Nunca aprendí a usarla. Me han regalado unas cuantas pero ni siquiera las enchufé. No hay nada mejor que el ruido enfermo de una Olivetti.
-¿Qué lee?
-En estos momentos estoy releyendo a Cátulo, los domingos por la tarde me gusta internarme en las historias de Proust, particularmente en El Tiempo Recobrado; también Flaubert y Guy de Maupassant. Y, por supuesto, Sartre. Anote esto que voy a decir: siempre es bueno releer a Sartre.
-Siempre es bueno releer a Sartre.
-Sé que a algunos posmodernos de pacotilla no les cae en gracia su figura. Me dan nauseas, pobres infelices. Sartre es el riñón fundamental del pensamiento moderno. Lamentablemente, por esos caprichos de los burócratas mal entendidos, no se lo estudia lo suficiente en las universidades. Su figura representa a un escritor integral, novelista, ensayista, intelectual comprometido.
-¿Qué piensa del apoyo de los intelectuales al Gobierno?
-Está mal, es un desastre (golpea la mesa). Un intelectual tiene el deber de mantenerse a una distancia prudente de los políticos. Debe ser como una mosca zumbando en el oído de los dueños del poder, no la comparsa del payaso de turno. Nuestra tarea primordial es ser irreductibles ante los designios que vayan marcando las autoridades.
-Sin embargo, usted es conocido por su fuerte compromiso político.
-Por supuesto. Estoy obligado como pensador, pero nunca me verán entreverado en cuestiones partidarias. Casualmente hace un rato, adherí a la carta abierta que escribió Genaro Barinelli sobre la nueva ley de libros. Además participó activamente en distintas organizaciones de derechos humanos y me reúno a menudo con dirigentes sociales y sindicales.
-¿Qué opinión le merecen los escritores jóvenes?
-Tengo por costumbre no leer a autores vivos. Lo hago por una cuestión de buen gusto. Sigo a rajatabla la teoría de la vaca. Para comer un buen bife, primero hay que matar a la vaca (ríe)
-Sabemos que usted trabajó en distintos oficios antes de triunfar como escritor.
-Es cierto. Alguien que quiere dedicarse a la literatura, primero debe vivir la vida. Es decir, pasar por distintos estadios, ser amado, rechazado, tener un jefe despreciable, fornicar con prostitutas, enredarse con drogas químicas, viajar por rutas desoladas y esas cosas que no suelen pasarle a los escritores cuyo mundo es una biblioteca. Por ejemplo, en mi caso, fui maestro mayor de obras, gerente de marketing de Coca Cola, presidí el Consejo Psicoanalítico de Buenos Aires, estudie filosofía, escribí chistes para el programa de Juan Carlos Mareco, manejé un taxi flet, jugué al ajedrez por dinero, fui barman en un cabaret, sereno, empleado administrativo y corresponsal de guerra, entre tantos oficios terrestres, como diría mi amigo Rodolfo Walsh. Viví todo eso, hasta que en 1967 se publicó mi primera novela y me aboqué por completo a la literatura.
-Las cerraduras rotas fue un suceso de ventas.
-Eran otros tiempos. El boom latinoamericano, Rayuela, la utopía socialista, el Mayo Francés. La palabra escrita tenía valor. Creíamos que era posible cambiar el mundo.
-Parece escéptico. ¿Ya no se puede cambiar el mundo?
-Los años me han cambiado. Ahora me conformo con crear otros mundos con otras lógicas más dignas de ser vividas. Las cerraduras rotas es mi obra de juventud que refleja el estado de las cosas en ese tiempo. Hoy no podría escribir algo parecido.
-¿Qué piensa del avance de la genética?
-Es conocida mi posición al respecto. Repudio cualquier tipo de manipulación genética. No voy a hacer más comentarios al respecto. Cualquier cosa, puede leer el documento que firmé junto con Genaro Barinelli y otros intelectuales.
-¿Cuál es su opinión respecto del auge de los realitys shows?
-No miro televisión. Mi vida está consagrada a la literatura. Me quemo las pestañas leyendo y escribiendo, no tengo tiempo ni ganas de sentarme como un autista frente a un aparato para ver si cuatro chicas se convierten en cantantes populares, o para saber si Fulanito se divorció de Menganita.
-Sin embargo, le interesa el cine.
-Sí, pero no las porquerías que se ruedan hoy día en Hollywood. Hace más de diez años que no veo una película. Tenga en cuenta que yo soy de la generación de Bergman, la Nouvelle Vague, los checos. ¿Le parece que debo ir a comer pochoclo y a mezclarme con las idioteces de semiadolecentes exitados?
Hablando de cine, sabemos que un productor español compró los derechos de El miedo inútil ¿Piensa participar de la adaptación?
-De ninguna manera. (Golpea la mesa) ¿Sabe? Lo mío es la literatura, las películas son de los directores. No me agrada ser un entrometido. Intentaré supervisar lo que pueda para que no se pierda el espíritu de la novela. Aunque la palabra definitiva la tendrá el director. O el productor, como suele suceder en estos casos.
-Ese libro habla de la historia de un padre y un hijo. ¿Cómo es usted como padre?
-Evidentemente no he sido un bueno, pero no me importa. Nunca me gustaron los niños.
-¿Cuántos hijos tiene?
-Unos cuantos, ya perdí la cuenta. El más chico vive conmigo, otros los vendí. En una época pagaban diez mil dólares. Una mujer húngara los ubicaba en Europa. Iban a estar mejor que acá. A muchos decidí no reconocerlos, no valía la pena. A veces alguno golpea la puerta, se hace pasar por periodista y me pide un reportaje. Si estoy de buen humor, lo concedo.
-Nos podría hablar de la novela que está escribiendo.
-Es una historia muy densa que siento que la tengo que contar en este momento. Algo dentro mío dice que debo escribir este libro cueste lo que cueste. Tendrá alrededor de mil quinientas páginas y hablará sobre Margarita, la amante secreta del guardaespaldas de Perón. Una mujer de la alta oligarquía que se enamora de Benítez, uno de los custodios de la Quinta de Olivos durante la primera presidencia de Perón.
-¿Qué opinión le merecen los hots pants?
-Estoy en desacuerdo. Basura sexista. Otro tema.
-Volviendo a la cuestión política, en su autobiografía usted da a entender que, durante su militancia política, mató a más de una persona.
-Así es. Fueron siete en total. Cuatro si tomamos en cuenta sólo mi período militante.
-¿Qué se siente ser un asesino?
-Nada muy especial.
-¿Es difícil acabar con una vida?
-No crea. Me costó más dejar de fumar que disparar contra un enemigo.
-¿Cómo hizo?
-¿Para dejar de fumar?
-No, para matar.
-Ah, el consejo en esos casos es no dudar. Apretar el gatillo dos veces y después salir caminando como si nada hubiera pasado.
-Por último, ¿qué libro recomienda para leer en el baño?
-Teniendo en cuenta que el sanitario es un lugar incomodo para concentrarse, creo que una buena opción sería La Biblia.